Un viaje sin fe
Basílica de Guadalupe. México, DF.
Parece
perderse entre la multitud una vida sin fe. Son más de ciento doce millones de
personas en México y pareciera que la mitad de ellas se han dado cita, un
domingo a medio día, en esta Basílica de Guadalupe. Un individuo completamente
exorcizado de las tradiciones católico-cristianas camina deambulando entre los
creyentes con el propósito de impregnarse de un poco de esperanza.
A
donde la mirada se desvié se observan cruces con el Cristo crucificado,
estampillas de los santos favoritos (para todos hay), imágenes con la Virgen de
un lado y el “padre nuestro” del otro; en fin, son tantos los artículos que
venden y lucran con las creencias de la gente.
Toda una travesía entrar al recinto.
Empujones accidentales, golpes en la cara de enormes ramos de flores, pisotones
en los cayos por ver quién obtiene el mejor asiento para la misa de la una;
llantos de niños acarreados por sus padres que lo único que tienen para
heredarles a sus hijos es la fe; y los últimos en entrar son los ancianos que
sólo les queda pedir un pase directo a un anhelado paraíso.
Mejor que si se hubiera ensayado
durante semanas, la gente se levanta de sus butacas, se hinca y se vuelve
levantar; repiten la letanía aprendida desde muy pequeños. Pareciera una película
rayada, siempre es lo mismo. Aquel sujeto ajeno a todo ese show escucha atentamente la “palabra del señor”.
Un sermón planeado, con un par de
lecturas de aquel sagrado libro llamado Biblia, es lo que justifica al
sacerdote para afirmar a sus escuchas los deliciosos almíbares prometidos del cielo y los
insípidos horrores del infierno si alguno hoza convertirse en pecador.
El
hedor de miles de personas devotas y unidas por un sentimiento en común se camufla
con los inciensos de todos los olores. Se percibe un aroma diferente; cada
asistente exuda una dosis de pasión, una pizca de milagros cumplidos y un toque
de peticiones desesperadas pagadas de rodillas como simples mortales.
Qué
decir de lo que se oye, danzantes a mitad de la explanada acompañados de
instrumentos musicales y cánticos de todos los tonos que alaban a un mismo
Dios. Pero lo que armoniza toda esta fiesta son los precios ofrecido a los
peregrinos; mientras más costoso el artilugio más intensa y milagrosa es la fe.
Transcurrió
una hora desde que se inicio la ceremonia, se da vueltas sobre el mismo discurso
apuntado directamente al corazón. Palabrerías que abogan por un amor
inquebrantable al Dios-padre que creo al mundo; un respeto y aprendizaje al
Dios-hijo que murió por todos los allí presentes; y un rezo a Dios-espíritu que
cuidará de sus almas por toda la eternidad.
Con
más atención de lo normal, aquél ciudadano ateo “gracias a Dios” escucha lo que
el clérigo manifiesta a los fieles; pregona una religión de amor, de
convivencia pacífica con el prójimo, de vivir plena y dignamente bajo los
principios y valores cristianos; también se alaba a la desconocida libertad.
Ese
personaje al que nadie presta atención reflexiona sobre los que acaba de
escuchar. Fue un discurso que no sólo retumba en la Iglesia, también se percibe
en las peroratas políticas; que por irreverente que parezca pareciere que van
de la mano.
Innegable
es el hecho de que ponerse en las manos de algún dios es todo un estilo para
vivir; se podrá provenir de distintas familias, diversas culturas, múltiples
vidas pero todas aglomeradas por el mismo sentimiento. Sin embargo, lo que aún
piensa ese extraño habitante es que esos sermones son parte inherente del
hombre, son derechos naturales que, con intermediario o sin él, se deberían
practicar.
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