Frente al mural
Una
vez más de regreso al Castillo de Chapultepec. Pero esta vez no fue la visita
obligada del mes a un fastidioso museo –piensa una niña de 10 años-. Hoy
recuerda que, hace algunos ayeres, lo más divertido de esos paseos era el folklórico
recorrido en el camión escolar y compartir con los amigos un día de campo
comiendo un sándwich y para rematar un día completo sin clases.
Esas excursiones a los más
prestigiados museos del Distrito Federal se añejaron en la memoria y sólo
quedaron vagas imágenes del primer contacto con el arte, la ciencia o la
historia. Sin embargo, vale la pena volver, con algunos cuántos libros más de
experiencia, a esos excepcionales lugares.
El retorno fue inusitado. Aquella
primera sala antes de entrar a la historia alberga un pequeño fragmento de
David Alfaro Siqueiros, el mural ofrece un viaje todo pagado en un túnel del
tiempo a lo que él titula Del
porfirismo a la Revolución.
La primera parada deja ver al que fuera
dictador por más de treinta años, algunos lo aman, otros tantos lo odian, pero
sin duda alguna Porfirio Díaz es parte de México. En tan sólo una imagen queda
inmortalizada la atmósfera del siglo pasado, se observa a un presidente pisando
la constitución de 1857, elogiado por los “científicos” de la época y
celebrando con música y bailes.
Mientras aquello acontece, el pueblo
mexicano escribe su historia en el campo de batalla. Algunos obreros cargan a
una víctima caída por la represión de la huelga Cananea antesala del movimiento
revolucionario encabezado ideológicamente por líderes como Marx, Bakunin y los
Flores Magón.
A tan sólo unos centímetros (en
el mural) los mexicanos desfilan y toman las armas guiados por personajes como Madero,
Pino Suárez, Carranza, Zapata, Villa, Obregón, Calles, entre otros. Toda una
representación de la nación en llamas, una imagen vale mucho más que mil
palabras.
Como si lo ya visto no hubiera
sido suficiente, la vista se queda fija en el alma del mural: el movimiento.
Cada paso dado por el espectador a lo largo de la diminuta sala pareciera ser
seguido por un revolucionario montando a caballo; esto simboliza el final de la
lucha armada.
Para concluir la obra de arte
está el mar de cadáveres, el cual refleja el costo de un millón de muertes en
la Revolución Mexicana. Así de concreto y sin censura Siqueiros, a través de su
brocha, muestra como se percibía el movimiento en aquella época; que no difiere
al pensamiento actual.
Sin duda haber vuelto valió la pena. Es una
valiosa oportunidad apreciar el talento de uno de los tres representantes del
muralismo en México. Tener la oportunidad de interpretarlos, apreciar su
técnica pero sobre todo sentir e identificarse con lo mostrado es una grata
experiencia.
Mural:
Del porfirismo a la Revolución. David Alfaro Sequeiros. Acrílico y piroxilina
sobre tela. Concluido en 1966.
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