Este es un texto que escribí hace casi dos años. Es sólo un fragmento de la vida de aquella persona que escribirá en este blog, yo, Melissa Jiménez López.
Aprendiendo a perdonar
Una honda herida llena de dolor que hora tras hora se hace más profunda. La oscuridad se agudiza, ya no queda ni la sombra de la luz alegre que un día reino por estas tierras. Indescifrables son las salidas. Estoy inmersa en una arena movediza que me succiona hacia sus adentros y no me deja escapar.
Ya no puedo más, me cuesta trabajo respirar, ya no llega el aire a mi cuerpo, me duele, me cala, me consume. No sé cómo llegué hasta aquí, no entiendo en qué momento se me salieron las cosas de control y en las manos se desvaneció mi tranquilidad.
Detrás de esa sonrisa en mi rostro hay centenares de lágrimas que quieren salir. Mis ojos se humedecen con el recuerdo constantes de mis sentimientos. La garganta se me ennudece y mi corazón pareciera que se detiene. Mi alma me pesa. Ya no sé qué hacer.
Mí día a día me va echando en cara que no he perdonado, que me he equivocado, tomé el camino erróneo y no sé a dónde voy. Me veo en el espejo y mi reflejo me restriega los inútiles intentos por estar bien. Rompo ese espejo que se burla de mí, y ahora en añicos oigo la risa insonora de mis ojos reflejados en esos astillados fragmentos.
Mis órganos ya me fallan, me pasan la impagable factura de mis emociones. Me voy consumiendo en mi interior por la desesperación. Las cenizas de ese fuego que arde en el interior de mí ser salen por mis ojos en forma de gotas saladas que contornean mi semblante.
A mí alrededor está mi familia, ya no siento su presencia. No escucho sus pasos ni me interesa escucharlos. Rodeada de gente y yo me siento tan sola. Atrapada en el mundo que yo misma creé. No recuerdo dónde dibujé la salida.
Es un buen momento para echarle un vistazo a mi sistema familiar. Quién soy, de dónde vengo, hacía dónde voy, son preguntas que los filósofos nunca han podido responder. Sin embrago, desde los primeros acercamientos a mi pasado, tuve la sensación de que iría encontrando la respuesta a ese mal que me persigue.
Decepcionar al ser que más amo, y decepcionarme a mí misma, no ha sido fácil. Aceptar que mis errores lastiman a otros y que traen daños irreparables se siente como morir quemado, pero por el sufrimiento. Nunca ha sido mi intención lastimar a mi madre.
Me pregunto a cada instante por qué no he perdonado, por qué me equivoqué, en qué momento perdí el control y el rumbo de mi vida. Veo en blanco y negro los colores llamativos. Prendo la radio y oigo sólo ruidos en lugar de melodías.
Le cuestiono a mi cabeza el porqué de estar así. Respiro sin disfrutar el aire que entra por mi nariz y llega a mis pulmones. Camino rápido por la calle sin notar el paisaje, no me importa llegar a mi destino, pero tengo que arribar. Como y no percibo los buenos sabores de la comida que sólo mastico por la necesidad de comer.
A lo largo de todo este proyecto, mi eje de investigación ha sido la pregunta constante de saber cómo es que a estas alturas de mi vida, en la plenitud de mi estudios universitarios, y que en teoría debería ser feliz, no lo soy por el simple hecho, que en realidad de simple no tiene nada, de no gozar los mejores momentos con las personas que me dieron la vida.
Veo fotos de antaño y evocó lo alegre que solía sentirme. Una pequeña ráfaga de júbilo me invade y me hace querer volver a sentirme así. Dormir tranquilamente y despertar con una sonrisa es algo que anhelo.
Hoy sólo hay noches agriadas en llanto, despertar a media madrugada ahogando mis gritos, tapando mi rostro con mi almohada, dando golpes a mi alma por el miedo a reconocer que aún no he perdonado y que vengo arrastrando dentro de cada poro de mi cuerpo los dolores convertidos en sufrimiento por sucesos pasados.
Nunca creí decir que eso estaría mal, pero no sé si lo está. Voy caminando sin rumbo, sólo hay una pequeña estela de las sonrisas que tenía en mi rostro que ahora fingen una felicidad amorfa en vida. Son mis ojos cansados de llorar los que me delatan, me traicionan mis ojeras, y mis uñas mordidas dan pinta de la tensión constante en mis días.
Desde aquella separación de mis padres no he vuelto a ser la misma. Existe un antes y un después en mi mirar hacia el mundo. En eso proceso no sólo fui espectador y afectada, fui réferi. Un pequeño cambio en mi cotidianidad, modificó mi mirar hacia el mundo.
Juzgué la situación y a mis padres. Me enojé, lloré hasta quedarme más seca que un desierto en sequía. Tenía doce años y no entendía lo que pasaba. Esa nueva realidad no me hacía feliz.
Durante mucho tiempo viví con el perdón atorado en mi garganta, por más que tosía e intentaba escupir esas palabras que me brindaran la paz en mi interior, no sabía cómo hacerlo, no estaba lista para dar la cara de aceptación a dicha situación.
Hipótesis hay muchas de por qué el verbo perdonar me cuesta tanto ejecutarlo. Quizá sólo sea arrogancia y egoísmo en mis actitudes, pero es un poco más profunda la razón.
Lastima aceptar que el dolor no se ha ido, quedó tan impregnada mi piel de ese sentimiento que hasta el momento en que se desvanezca podré gritar con el poder mis pulmones “estoy aprendiendo a perdonar”.
No sé qué me punza más, que se divorciara de mi mamá, que se separara de mí o que se alejara de mi hermanita. Si yo no comprendía qué pasaba, ella menos.
Pasaron los meses sin saber nada de “Raúl”. Me pinté bigotes y me puse corbata con tal de llenar el hueco inevitable en el pecho de aquella niña que no tenía ni la más pequeña culpa de lo que ocurría, sólo era víctima de las decisiones de sus padres.
Ahora se esclarece el hecho de que mi papel es el de hermana mayor, no tengo que ponerme en los zapatos de quien no soy, por más que de mi vida y ame a ese ser, ya no siento la obligación de ser su padre.
Dicen por ahí que el tiempo es el doctor de los dolidos, indiscutiblemente con el paso de los años y al hoy tener en mis manos un reflejo de mi pasado, entiendo mucho de lo que antes no podía.
Las mentiras, la infidelidad, la dependencia al alcohol, son patrones de conductas constantes e inamovibles en mi padre. Y son quizá una lealtad invisible hacía el suyo.
Decidí a no odiar más, y no conservar la basura de ese sentimiento. No es el papá amoroso que yo quisiera, ni el superhéroe perfecto que de niña idealicé. Es un ser humano que se equivoca y que tiene una historia de fondo. Ahora puedo convivir cordialmente con su nueva esposa, pero sobre todo puedo compartir con él. Perdono los malos momentos y me siento más tranquila con eso.
Todo parecería ser miel sobre hojuelas en el plato de mi vida. Mi mamá, el ser que por antonomasia es mi ejemplo a seguir y una de las causas que me fortalece en mis debilidades. Juntas salimos victoriosas, y a veces no tanto, de lo que el camino nos presente.
Nunca creí que hubiera poder humano o sobrehumano que permeara la relación. Ni en mis más terribles pesadillas, había soñado el desgarrante dolor que quebranta hasta los huesos cuando no estoy bien con ella. Cruzamos la raya del respeto, pisoteamos el amor, entramos al cambo de batalla.
Hipótesis de esto, también podrían ser varias. Pero agacho la mirada al tener que reconocer que la razón que a gritos es la culpable de que durante varios meses, cada lunes por espacio de una hora me siente frente a un desconocido en un diván y trate de poner orden a lo que hoy es un desmadre.
Enamorarme nunca había sido tan doloroso, incluso es más sufrible que una gran decepción amorosa, una mentira de un ser querido o una traición de un buen amigo. El amor tiene muchas caras, los buenos momentos que lo valen todo, pero los malos momentos que hacen arrepentirse de hasta haber nacido.
El amor entre iguales no es sencillo, por qué poner un freno a lo diferente. Amor es amor sin importar de donde provenga o hacia donde sea su destino. Esos cosquilleos que siento en mi interior cuando la veo son los que me hacen soportar morirme lentamente por intentar digerir los malos tragos que trae estar juntas.
Jamás imaginé vivir lo que hoy enfrentó, sentir que estoy desesperada y ya no encontrar la salida, qué hagan lo qué hagan no me puedan ayudar. Sólo ella y yo conoceremos el momento de la despedida, el segundo en qué ambas nos hayamos amado y destruido tanto que ya no queden más que llagas abiertas esperando cicatrizar.
Hacer temblar la estabilidad en mi casa por causa de un amor e incluso de un viejo amigo, me tumba, estando de pie me tira hacía el suelo, y desde abajo quiero arreglar lo que está roto.
Me pongo a pensar si vale la pena vivir los días sin vivirlos. Y caigo en la cuenta de que tengo muchas razones por las cuales estar bien. Volver a sentir la fuerza, el amor, las ganas de salir de de mis murallas y recobrar mis ilusiones.
Llevo cargando conmigo una bandera blanca de paz, las cosas por su propio peso y con ayuda de la gravedad se arrastran hasta donde tienen que estar. Mi sendero no ha sido sencillo, he llorado por mi papá, por mi mamá, por un buen amor, por un amigo que extraño, por mis derrotas.
El tiempo lo cura todo, cada segundo duele menos, sigo mi vida, el sol sale cada mañana y en las noches una hermosa luna y un cielo con estrellas lo sustituye. El mundo sigue igual, con sus mismos problemas y sin sus mismas soluciones.
Estoy en la universidad, mi gran sueño es llegar a ser periodista, trabajo día a día (y unas cuantas noches también) para lograr mi meta. Tengo tantos planes, tantos sueños por cumplir. Levantarme con una sonrisa dibujada en mis labios es un buen inicio para continuar.
Unos pocos momentos definen el rumbo mi vida, días que pasan sin que suceda algo verdaderamente relevante. Pero cuando acontecen situaciones dignas de mención vale la pena gritarlas; si no son gratas, perdonar y seguir adelante y si son amables, sólo reír y seguir disfrutando.
Hoy puedo recordar aquella vez que el son de los latidos de dos corazones me arrullaron, el danzar de los labios entrelazados en un beso profundo me adormecieron, estaba dormida entre sus labios, completamente enamorada, silenciada del mundo y totalmente feliz.
Melissa Jiménez López