El
borracho de oro
“Estoy en el rincón de una
cantina, oyendo una canción que yo pedí. Me están sirviendo ahorita mi tequila.
Ya va mi pensamiento rumbo a ti. Yo sé que tu recuerdo es mi desgracia y vengo
aquí nomás pa' recordar. ¡Qué amargas son las cosas que nos pasan, cuando hay
una mujer que paga mal!”.
Cantaba José Alfredo
Jiménez en la cantina “El León de Oro”. Los mariachis amenizaban con baladas
rancheras escuchadas dos calles a la redonda. Con sus trajes ajustados dejan ver las lonjas
del sobrepeso, cantan entre las mesas “… dos de cortesía y lo que guste de
propina” (mínimo cincuenta, eh).
El ambiente es una mezcla
heterogénea, bebés de apenas seis meses que lloran sin razón; niños fastidiados
que se distraen con sus videojuegos; parejas de edad avanzada inspirados en su
plática; un individuo con traje almidonado hablando por Black Berry, mientras le bolean los zapatos; uno que otro grupo más
numerosos que celebra algún cumpleaños; un par de mesas de señores, con panza chelera y el botón a punto de salirse del
ojal, apostando en el dominó.
Pero no podía escaparse de
la disolución aquel hombre dormido de borracho que, con un caballito de tequila
a medio tomar, brinda hacia la nada. Una fiesta con un poco de abolengo y otro
tanto de arrabal arrullan a este individuo que pasa desapercibido.
Los meseros ya lo conocen,
si existiera la tarjeta de “invitado especial”, seguro él tendría la membrecía
de cliente consentido. Su nombre es Fernando Jiménez, quizá pariente lejano de
aquel famoso compositor, quizá simple coincidencia de apellido, al igual que
los más de cien en el directorio telefónico.
Va por lo menos tres veces
a la semana desde hace casi veinticinco años, ha visto pasar aproximadamente la
mitad de las historias bebidas en esta cantina. La primera vez que cruzó esas
emblemáticas puertas abatibles fue porque lo dejó su primera esposa. Lo
cambiaron por una mujer.
Es tradición para muchos y
la comida es gratuita mientras se siga tomando. La carta ofrece jugosos cortes
de carne, extravagantes mariscos o algunos antojitos mexicanos, pero… ¿para qué
abrir ese menú?, si la botana comienza con taquitos de barbacoa.
Ahora sí las bebidas. El
Sr. Jiménez posiblemente sea jubilado de algún puesto importante para solventar
sus cotidianas visitas, ya que la cerveza más pequeña, que sólo aumenta la sed,
está en cuarenta y siete y, de ahí los precios van en ascendencia hasta las
botellas de vino fino de setecientos y mil pesos.
Dicen los que trabajan
ahí, que dormirse es lo más tranquilo que ha hecho; una vez, como típico
borracho, vomitó el vino ingerido al cantar “tu recuerdo y yo”. En otra
ocasión, perdió el control de sus esfínteres, se orinó en los pantalones y
ensució toda la mesa. Otra noche, justo en el cierre, el tequila se adueño de
sus acciones y empezó a barrer con los empleados. Las locuras que se hacen
cuando se trae en las venas más alcohol que sangre.
Sólo se despertó para
comer la sopa del día y se volvió a dormir; lo dejan descansar y luego se va
solito a su casa. El joven que prepara los manjares líquidos para los
consumidores, apodado barman, se dice
extraño conocido de Fernando. Se han puesto hasta
la madre brindando por sus respectivos amores, por las desilusiones del
desamor, por los corajes de las traiciones, por los despechos de las mujeres
que los dejaron; por su dolor mutado en sufrimiento y sanado con algunas
borracheras.
“¿Quién no sabe en esta
vida la traición tan conocida que nos deja un mal amor? ¿Quién no llega a la
cantina, exigiendo su tequila y exigiendo su canción? Me están sirviendo ya la
del estribo. Ahorita ya no sé si tengo fe; ahorita solamente ya les pido que
toquen otra vez ‘La que se fue’.”
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