viernes, 2 de noviembre de 2012

Crónica de una cantina


El borracho de oro


“Estoy en el rincón de una cantina, oyendo una canción que yo pedí. Me están sirviendo ahorita mi tequila. Ya va mi pensamiento rumbo a ti. Yo sé que tu recuerdo es mi desgracia y vengo aquí nomás pa' recordar. ¡Qué amargas son las cosas que nos pasan, cuando hay una mujer que paga mal!”.
Cantaba José Alfredo Jiménez en la cantina “El León de Oro”. Los mariachis amenizaban con baladas rancheras escuchadas dos calles a la redonda.  Con sus trajes ajustados dejan ver las lonjas del sobrepeso, cantan entre las mesas “… dos de cortesía y lo que guste de propina” (mínimo cincuenta, eh).
El ambiente es una mezcla heterogénea, bebés de apenas seis meses que lloran sin razón; niños fastidiados que se distraen con sus videojuegos; parejas de edad avanzada inspirados en su plática; un individuo con traje almidonado hablando por Black Berry, mientras le bolean los zapatos; uno que otro grupo más numerosos que celebra algún cumpleaños; un par de mesas de señores, con panza chelera y el botón a punto de salirse del ojal, apostando en el dominó.
Pero no podía escaparse de la disolución aquel hombre dormido de borracho que, con un caballito de tequila a medio tomar, brinda hacia la nada. Una fiesta con un poco de abolengo y otro tanto de arrabal arrullan a este individuo que pasa desapercibido.
Los meseros ya lo conocen, si existiera la tarjeta de “invitado especial”, seguro él tendría la membrecía de cliente consentido. Su nombre es Fernando Jiménez, quizá pariente lejano de aquel famoso compositor, quizá simple coincidencia de apellido, al igual que los más de cien en el directorio telefónico. 
Va por lo menos tres veces a la semana desde hace casi veinticinco años, ha visto pasar aproximadamente la mitad de las historias bebidas en esta cantina. La primera vez que cruzó esas emblemáticas puertas abatibles fue porque lo dejó su primera esposa. Lo cambiaron por una mujer.
Es tradición para muchos y la comida es gratuita mientras se siga tomando. La carta ofrece jugosos cortes de carne, extravagantes mariscos o algunos antojitos mexicanos, pero… ¿para qué abrir ese menú?, si la botana comienza con taquitos de barbacoa.
Ahora sí las bebidas. El Sr. Jiménez posiblemente sea jubilado de algún puesto importante para solventar sus cotidianas visitas, ya que la cerveza más pequeña, que sólo aumenta la sed, está en cuarenta y siete y, de ahí los precios van en ascendencia hasta las botellas de vino fino de setecientos y mil pesos.
Dicen los que trabajan ahí, que dormirse es lo más tranquilo que ha hecho; una vez, como típico borracho, vomitó el vino ingerido al cantar “tu recuerdo y yo”. En otra ocasión, perdió el control de sus esfínteres, se orinó en los pantalones y ensució toda la mesa. Otra noche, justo en el cierre, el tequila se adueño de sus acciones y empezó a barrer con los empleados. Las locuras que se hacen cuando se trae en las venas más alcohol que sangre. 
Sólo se despertó para comer la sopa del día y se volvió a dormir; lo dejan descansar y luego se va solito a su casa. El joven que prepara los manjares líquidos para los consumidores, apodado barman, se dice extraño conocido de Fernando. Se han puesto hasta la madre brindando por sus respectivos amores, por las desilusiones del desamor, por los corajes de las traiciones, por los despechos de las mujeres que los dejaron; por su dolor mutado en sufrimiento y sanado con algunas borracheras. 
“¿Quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja un mal amor? ¿Quién no llega a la cantina, exigiendo su tequila y exigiendo su canción? Me están sirviendo ya la del estribo. Ahorita ya no sé si tengo fe; ahorita solamente ya les pido que toquen otra vez ‘La que se fue’.”

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