viernes, 2 de noviembre de 2012

Artículo "Museo de la Tolerancia"


Una mentira repetida mil veces sigue siendo mentira

En una sociedad en donde la mera supervivencia se ha convertido en la prioridad de muchos y donde la constante agresión a lo diferente se hace latente, dar un recorrido por el Museo de la Memoria y la Tolerancia pude ser un respiro para ubicar nuestro papel ante las situaciones del mundo.
             El museo expone principalmente dos temáticas, como su nombre lo indica por un lado se le destina la primer parte de la exposición a la memoria, al recuerdo del pasado, al recuento de los daños, a los actos cometidos, a lo que ya pasó.
Decía el poeta y filósofo español Jorge Santoyano que “aquel que no recuerda el pasado está condenado a repetirlo” y no estaba errado. Es fundamental que las futuras generaciones –y las actuales también- le echamos un vistazo a lo que ha ocurrido previamente con el mero objetivo de no volver a caer en eso.
Por otro lado, el tema al que obligatoriamente se alude es un valor que en ocasiones es mal interpretado como el aguantar al otro. No obstante, tolerar es más simple pero no por eso menos profundo, significa tener una relación armónica de nuestras diferencias.
Cómo poder llegar a una relación armónica de lo que nos hace diferentes unos a otros, si la historia está plagada de lo que hoy en día se le conoce como genocidio.
Este término es la intolerancia llevada a sus últimas consecuencias, la muerte. La Real Academia Española conceptualiza al genocidio como un crimen contra la humanidad con el objetivo de exterminar a un grupo racial, étnico, religioso o nacional.
En una hora 45 minutos con un recorrido guiado –tiempo no suficiente para profundizar en el tema pero que si da una visión amplia de los acontecimientos- se hace un listado de los genocidios más crueles e indignantes del siglo XX y XXI.
Transcurrían las primeras décadas del siglo pasado y se comenzaba a gestar una de las masacres más atroces e inhumanas que ha sufrido nuestro planeta. Más de seis millones de seres humanos perdieron la vida a manos de los nazis.
Despojados de todo derecho humano, sometidos a una degradación moral y física, hombres, mujeres y niños fueron torturados y asesinados por el hecho de poseer ideologías diferentes consideradas inferiores según Adolfo Hitler.
Al principio la mayor parte de la población se encontraba indiferente antes estos acontecimientos, la situación era sabida pero nadie hacía nada al respecto. Un dicho popular dice que “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”.
Cuando cesó la Segunda Guerra Mundial y según las cifras oficiales murió el 2% de la población de esa época se firmaron tratados que daban fin a la guerra, se tenía la idea que no volvería a ocurrir otro hecho similar que conmocionara al mundo.
Sin embargo, la historia nos ha demostrado que seguimos cojeando de la misma pierna. Situaciones como la Ex–Yugoslavia, Ruanda o conflictos más actuales de lesa humanidad como los de Guatemala, Darfur o Camboya demuestran que la discriminación por lo diferente sigue latente.
Así es. Vivimos en el folklore del siglo XXI, la tecnología se innova incansablemente a cada instante, el ser humano se siente omnipotente ante la naturaleza y –para no variar- la crisis política, social y económica están más intensas que en años previos.
Gente muriendo de hambre en Somalia, una persona en el mundo muere cada tres segundo por no tener que comer. Las bolsas de valores desplomándose en las potencias económicas de Europa, Asia y Estados Unidos, mil millones de personas viven con menos de un dólar al día.
Cada ser humano en el mundo es diferente al otro. La diversidad de color de piel, religión, sexo, preferencia política, orientación sexual, gustos musicales, edad, ideología, entre otras de las muchas diferencias que nos hacen únicos 

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