Una mentira repetida mil veces sigue
siendo mentira
En
una sociedad en donde la mera supervivencia se ha convertido en la prioridad de
muchos y donde la constante agresión a lo diferente se hace latente, dar un
recorrido por el Museo de la Memoria y la Tolerancia pude ser un respiro para
ubicar nuestro papel ante las situaciones del mundo.
El museo expone principalmente dos temáticas,
como su nombre lo indica por un lado se le destina la primer parte de la
exposición a la memoria, al recuerdo del pasado, al recuento de los daños, a
los actos cometidos, a lo que ya pasó.
Decía
el poeta y filósofo español Jorge Santoyano que “aquel que no recuerda el
pasado está condenado a repetirlo” y no estaba errado. Es fundamental que las
futuras generaciones –y las actuales también- le echamos un vistazo a lo que ha
ocurrido previamente con el mero objetivo de no volver a caer en eso.
Por
otro lado, el tema al que obligatoriamente se alude es un valor que en
ocasiones es mal interpretado como el aguantar al otro. No obstante, tolerar es
más simple pero no por eso menos profundo, significa tener una relación
armónica de nuestras diferencias.
Cómo
poder llegar a una relación armónica de lo que nos hace diferentes unos a
otros, si la historia está plagada de lo que hoy en día se le conoce como
genocidio.
Este
término es la intolerancia llevada a sus últimas consecuencias, la muerte. La
Real Academia Española conceptualiza al genocidio como un crimen contra la
humanidad con el objetivo de exterminar a un grupo racial, étnico, religioso o
nacional.
En
una hora 45 minutos con un recorrido guiado –tiempo no suficiente para
profundizar en el tema pero que si da una visión amplia de los acontecimientos-
se hace un listado de los genocidios más crueles e indignantes del siglo XX y
XXI.
Transcurrían
las primeras décadas del siglo pasado y se comenzaba a gestar una de las
masacres más atroces e inhumanas que ha sufrido nuestro planeta. Más de seis
millones de seres humanos perdieron la vida a manos de los nazis.
Despojados
de todo derecho humano, sometidos a una degradación moral y física, hombres,
mujeres y niños fueron torturados y asesinados por el hecho de poseer
ideologías diferentes consideradas inferiores según Adolfo Hitler.
Al
principio la mayor parte de la población se encontraba indiferente antes estos
acontecimientos, la situación era sabida pero nadie hacía nada al respecto. Un
dicho popular dice que “si no eres parte de la solución, eres parte del
problema”.
Cuando
cesó la Segunda Guerra Mundial y según las cifras oficiales murió el 2% de la
población de esa época se firmaron tratados que daban fin a la guerra, se tenía
la idea que no volvería a ocurrir otro hecho similar que conmocionara al mundo.
Sin
embargo, la historia nos ha demostrado que seguimos cojeando de la misma
pierna. Situaciones como la Ex–Yugoslavia, Ruanda o conflictos más actuales de
lesa humanidad como los de Guatemala, Darfur o Camboya demuestran que la
discriminación por lo diferente sigue latente.
Así
es. Vivimos en el folklore del siglo XXI, la tecnología se innova
incansablemente a cada instante, el ser humano se siente omnipotente ante la
naturaleza y –para no variar- la crisis política, social y económica están más
intensas que en años previos.
Gente
muriendo de hambre en Somalia, una persona en el mundo muere cada tres segundo
por no tener que comer. Las bolsas de valores desplomándose en las potencias
económicas de Europa, Asia y Estados Unidos, mil millones de personas viven con
menos de un dólar al día.
Cada
ser humano en el mundo es diferente al otro. La diversidad de color de piel,
religión, sexo, preferencia política, orientación sexual, gustos musicales,
edad, ideología, entre otras de las muchas diferencias que nos hacen únicos
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